El "Signo de Socorro" del Maestro Masón

Francisco Ariza

El llamado “signo de socorro” del maestro masón no está separado del “signo del horror”, y tampoco del “signo de reconocimiento”. En realidad estos tres signos conforman un conjunto simbólico que constituye una de las claves de la enseñanza de este grado, en el que “culmina” la iniciación masónica vinculada con los misterios de la Cosmogonía, su conocimiento y encarnación. Estos tres signos describen (como ocurre con los signos del aprendiz y del compañero) una arquitectura sutil impresa en las proporciones y partes constitutivas del cuerpo humano, un templo vivo hecho a imagen del cosmos.
En el grado de maestro el “signo de reconocimiento” pasa por la parte umbilical del cuerpo trazando una escuadra. Esa parte umbilical es el “centro geométrico” del propio cuerpo, y por donde este se pliega, o se dobla, en dos partes conformando también una escuadra. Se indica así, ritual y simbólicamente, que en el desarrollo de su proceso de Conocimiento, o de “reconocimiento”, el iniciado ha llegado al centro de su individualidad, representado aquí por el “ombligo”, estando ya en posesión de las “luces espirituales” que le permitirán operar el “pasaje de la escuadra al compás”, o de la “tierra al cielo”, pasaje que está representado por la “elevación” de los brazos y las manos por “encima” de la cabeza. Que este gesto venga después del “signo de reconocimiento” tiene todo su sentido, pues primero se han de “reconocer” nuestros límites individuales para poder superarlos, pero por “arriba”, que es como sale del laberinto iniciático.
Dicha elevación es propiamente el “signo de socorro”, seguido del “signo del horror”, teniendo en ambos casos las palmas de las manos “giradas” hacia arriba, y todo ello acompañado con palabras de fuerte contenido psicodramático –propio del ritual de un grado que trata nada menos que de la “resurrección del Maestro Hiram”-, palabras que aluden respectivamente al espíritu de la hermandad iniciática y al nombre del Gran Arquitecto.
La imagen que tenemos de todos estos gestos rituales es la de un cuerpo que “tiende” a elevarse, o sea la de un ser que quiere superar o ir “más allá” de su individualidad para acceder a sus posibilidades verdaderamente universales, extra-cósmicas y metafísicas, atravesando la “puerta estrecha” o “clave de bóveda” de una arquitectura sutilmente construida, o reconstruida, en su alma.

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