LA IDEA DE "LANDMARK" EN LA MASONERÍA. Francisco Ariza

 


En su Principios de jurisprudencia masónica, el historiador Bernard E. Jones define los Old Landmarks (los "Antiguos Límites") de la siguiente manera:

“Los landmarks son reglas de conducta que han existido desde tiempo inmemorial -ya sean escritas u orales- , que son coesenciales a la Orden Masónica, que en opinión de la gran mayoría son inalterables, y que todo masón está obligado a mantener intactos, en virtud de los compromisos más solemnes e inviolables”.

Naturalmente estamos de acuerdo con estas apreciaciones, pues los límites, como los encuadres, en el contexto iniciático y tradicional tienen un sentido simbólico muy preciso relacionado con la idea de protección de un espacio sagrado. Aquí, ese “espacio” no es otro que la propia Masonería. También, todo límite indica aquello que no se ha de “sobrepasar”; por lo tanto entraña en sí mismo una “obediencia” a ciertas reglas (o sea a pautas y normas) que se aceptan como medida para mantener un orden y equilibrio necesario. Son, por tanto, las “vigas maestras”, los puntos esenciales que cohesionan y sostienen la estructura del edificio masónico en su funcionamiento como Institución iniciática. Sin esas “vigas maestras” todo ese edificio caería, o mejor dicho no podría haberse construido como tal edificio. Entonces lo realmente importante es entender la “idea” misma de landmark, es decir el sentido metafísico que ella expresa, y del que realmente emanan esas “reglas de conducta” que organizan el buen funcionamiento de la Masonería. 

Si se entendiera esto se resolverían muchas de las disputas que han existido y siguen existiendo sobre la necesidad y conveniencia de mantener ciertos landmarks o no, por el hecho de que pudieran estar ya periclitados y superados por el tiempo. Pero no se trata de eso, pues dichos puntos pueden cambiarse y sustituirse por otros y sin embargo la Orden masónica seguiría existiendo, porque lo que nunca se va a cambiar es aquello que verdaderamente le da sus señas de identidad más profundas, relacionadas con la realización iniciática basada en el conocimiento de la cosmogonía y sus leyes, derivadas de los principios emanados del Gran Arquitecto del Universo. De lo contrario ya no estaríamos hablando de la Masonería sino de otra cosa bien distinta. En suma, que lo que nunca ha de ser modificado es precisamente la idea de landmark.[1]

De ahí que existan distintas versiones de los landmarks, y todas desde luego son perfectamente legítimas pues se respetan aquellos landmarks que verdaderamente son “coesenciales” a la Orden. No por tener una versión distinta a la que se fijó por primera vez por escrito, y que es la que pudiera patrocinar como legítima una determinada Gran Logia, se deja de tener la “regularidad masónica”. Lo que otorga esa “regularidad” no es otra cosa que el respeto y aceptación del patrimonio simbólico y ritual de la Orden, pues al fin y al cabo es ese patrimonio el que suministra a los landmarks la auténtica legitimidad de su contenido.

Nota adjunta. Atendiendo también a ese sentido metafísico al que antes nos referíamos, en el ámbito estricto de la iniciación, los límites que todo masón sí debe sobrepasar son precisamente los que definen su estado individual, pues de lo contrario no podría acceder al conocimiento de sus estados supraindividuales, que son los que hacen efectiva y plena su realización espiritual. Si la individualidad está signada por la Escuadra, lo supraindividual lo está por el Compás. Ambos instrumentos simbolizan a la Tierra y al Cielo respectivamente. En el rito, el "paso de la escuadra al compás", es decir de la Tierra al Cielo, estaría entonces simbolizando esa superación, que siempre ha de ser "por arriba", por la "vertical".


[1]  No es por casualidad entonces que la palabra landmark signifique literalmente "marcas de la tierra", lo que nos hace recordar que la geometría (o al menos uno de sus orígenes) nació precisamente de las marcas o límites que los antiguos egipcios dejaban en las tierras destinadas al cultivo tras la retirada a su cauce normal de las aguas desbordadas del Nilo. Las parcelas se medían con cuerdas para medir y calcular las áreas, incluyendo la cuerda de doce nudos, con la que se elaboraban los triángulos rectángulos de lados 3-4-5, tan importantes en el Pitagorismo y la Masonería.

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